La genialidad de ser mujer

Hace algunas noches, le leía a mi hija un cuento en el que un sultán estaba muy preocupado porque se acercaba un torneo hípico muy importante y no tenía un jinete que dominara al caballo más veloz de su reino. El corcel pertenecía a su hija, la princesa. Cuando esta le dijo a su padre que quería participar en la competencia por ser la única que dominaba al caballo, el sultán ni siquiera la escuchó. En cambio, cuando el esposo de la princesa se ofreció como jinete del reino, el sultán enseguida lo aceptó. En ese momento, mi hija me detuvo y me preguntó, confundida, por qué el papá de la princesa ni la había escuchado pero a su esposo sí. En mi cabeza de mujer adulta la respuesta estaba muy clara, pero en ese momento entendí que mi hija no conoce esas limitaciones sexistas que nos quiere imponer la sociedad. Y comprendí que mi misión, como madre de dos niñas, es que esa noción jamás cambie.

Por supuesto, eso fue un llamado directo a mi feminista interior que inmediatamente se despertó y empezó a extrapolar esa idea a muchos ámbitos que poco a poco se han ido manifestando, incluso en los momentos más inusitados para mí.

Por ejemplo, pocos días después leí en alguna red social una discusión sobre ofrecer a tus clientes la máxima calidad “aunque quede menos gracioso”, y eso me hizo pensar que una parca seriedad no es necesariamente sinónimo de máxima calidad. Es más, me atrevería a decir que esa reticencia a mostrar originalidad es lo que nos convierte en seres grises, en uno más del montón, en completamente prescindibles. Como autónomos y empresarios ¿podemos darnos el lujo de ser ordinarios y prescindibles? ¿No es acaso cierto que los seres más brillantes de la historia, los genios, los inventores, han sido precisamente eso: distintos, cada cual a su manera?

El problema es que la sociedad frunce el ceño doblemente si se es mujer y además original. O bien nos desestima por completo. Hace falta mucha tenacidad y constancia para perseverar en nuestra visión y no sucumbir al gris soporífero al que estamos llamadas a adherirnos.

Pero si somos verdaderamente obstinadas y logramos seguir ese camino, a fuerza de empeño por fin llegaremos a establecer nuestra ruta y justo en ese momento nos encontraremos con otra sorpresa: repentinamente dejarán de juzgarnos por nuestros logros, y pasarán a bombardearnos con trivialidades como nuestro aspecto o nuestra vida personal. Lo más triste es que muchas veces son nuestras propias “compañeras de camino” quienes intentan derribarnos.

Entonces me salta la pregunta: “¿Por qué no puedo ser una mujer inteligente, original, profesional, emprendedora, exitosa, guapa, buena hija, compañera y madre?” Y aparece el cruel editor de la vida que me responde:
“Señora, aquí no se permiten tantos adjetivos. Haga el favor de borrar al menos la mitad. Y practique más seguido la virtud de la humildad”.

Esa noche, con el corazón arrugadito por la revelación que iba a hacer, le dije a mi hija:
—Es que hay personas que creen que las niñas no pueden hacer lo mismo que los niños o que no son tan buenas en algunas cosas.

Me miró, primero con incredulidad, y luego con un gesto divertido me dijo:
—Pero están locos. Yo sé hacer muchas cosas que los niños de mi salón no pueden.

Y en ese momento supe que es guerrera como su madre.

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